Entre las pantallas y la presencialidad: ¿qué tan preparada está Colombia para la adopción de un modelo educativo híbrido?
Actualidad economica y sectorial03-06-2026
La educación también ha evolucionado al ritmo de la tecnología. Esa transición digital ha permitido que un alumno que antes aprendía entre hileras de pupitres, libros y tableros ahora pueda hacerlo desde otros espacios, sin necesidad de trasladarse. A ese modelo que combina la presencialidad con la virtualidad se le conoce como educación híbrida.
La transformación acelerada del escenario educativo se vio impulsada por la pandemia del covid-19, que obligó a replantear la manera en la que se enseña, se aprende y se evalúa. En ese proceso, la combinación entre instrucción presencial y el aprendizaje en línea tomó fuerza como una alternativa para repensar la formación y responder a las brechas que dejó en evidencia la crisis sanitaria.
En ese sentido, el periodo de confinamiento también visibilizó las limitaciones estructurales de los países. En el caso de Colombia, la situación reveló una afectación integral de los estudiantes que va más allá de lo académico.
De acuerdo con un informe realizado por el equipo de investigaciones del Banco de la República, el sistema educativo se vio enfrentado a la adaptación de los currículos, a la búsqueda de estrategias de enseñanza para motivar a los estudiantes e incluso a la revisión de las formas de evaluación.
El cierre de instituciones durante la emergencia sanitaria además dio cuenta de la desigualdad económica y geográfica en términos de acceso a internet y a herramientas digitales, un problema que no fue exclusivo del territorio nacional.
Datos de la Unesco señalan que, antes de empezar la pandemia, el porcentaje de hogares de los países de América Latina y el Caribe con conexión a Internet era inferior al 50 %. En el caso de Colombia la brecha también se hacía visible en el apartado rural y urbano. Para hacerse una idea, en 2019, mientras el 61,1 % de las familias en cabeceras municipales tenía conectividad, en el campo apenas llegaba al 20,7 %.
En esa misma línea, el contexto alteró el comportamiento normal de los indicadores educativos. En 2020, las tasas de pérdida de año escolar se elevaron significativamente respecto a años anteriores, alcanzando el 6,2 % en primaria, 11,3 % en secundaria y el 7,9 % en educación media.
Los impactos también se trasladaron a la deserción escolar. En el mismo año, cerca de 243.801 estudiantes abandonaron sus estudios, siendo los departamentos más afectados aquellos con alta dispersión poblacional y bajo acceso a las TIC, como Caquetá, Cesar o Putumayo.
Pese a las dificultades, con el fin del confinamiento, en el país se incrementó la oferta y matrícula en programas de educación diferentes a la tradicional. Ahí es donde empezó a ganar terreno el modelo híbrido.
La dualidad del mundo presencial e híbrido
La posibilidad de combinar clases presenciales con herramientas virtuales abrió la puerta a modelos más flexibles, capaces de adaptarse a las necesidades de estudiantes con limitaciones de tiempo, movilidad o acceso.
Andrés Ochoa, director de UPB Virtual de la Universidad Pontificia Bolivariana, destacó que esa evolución se centró en superar el modelo tradicional de “conectar una cámara” para transitar hacia una presencialidad híbrida real, “invirtiendo en herramientas que permitan sentir la presencia del otro y en diseños instruccionales que creen experiencias de aprendizaje auténticas y enriquecidas”.
Para dimensionar mejor el impacto, un informe desarrollado por la Unicef y la Unesco, recopila diferentes experiencias con el fin de abrir la discusión sobre los beneficios e implicaciones que rodean este formato de enseñanza.
Entre los puntos fuertes, el reporte destaca una mayor autonomía para el aprendizaje, al permitir que los estudiantes avancen a su propio ritmo. Esto se relaciona con un enfoque centrado en el alumno, en el que asume un rol más activo y responsable dentro de su proceso de formación.
Precisamente, el documento identifica la oportunidad de fortalecer e incorporar competencias y habilidades transversales a partir de una mayor alfabetización digital. Allí aparecen elementos clave para el mercado laboral, como el pensamiento crítico, la creatividad, la comunicación y el trabajo colaborativo.
A esa lista se suman ventajas asociadas a la superación de barreras geográficas y a una mayor flexibilidad horaria y territorial, factores que también pueden contribuir a reducir el abandono escolar. Por esta razón, Fernando López, investigador del Laboratorio de Economía de la Educación (LEE) de la Universidad Javeriana, resaltó que la modalidad híbrida puede reducir la deserción al ampliar la experiencia y las formas educativas, en especial en determinados grupos poblacionales.

“Todo ello se ve fortalecido por la flexibilidad de tiempos y espacios que permite a los estudiantes combinar educación con trabajo, reducción de tiempos de desplazamiento y cierto ahorro de costos (alimentación, transporte), reduciendo algunos factores determinantes de la deserción como el presupuesto o ingresos y la necesidad de trabajar”.
Fernando López, investigador del Laboratorio de Economía de la Educación (LEE) de la Universidad Javeriana
En otras palabras, el modelo híbrido amplía las posibilidades de permanencia para estudiantes que históricamente han enfrentado barreras de distancia, tiempo o sostenimiento económico.
Pero detrás de esa flexibilidad también existe una exigencia operativa. Lograr que la educación híbrida funcione de manera efectiva demanda recursos, herramientas tecnológicas y adecuaciones que van más allá de trasladar una clase tradicional a una pantalla.
Lo que exige la virtualidad
Andrés Ochoa destacó que la implementación de una modalidad híbrida no implica necesariamente ahorros para las instituciones de educación superior. Por el contrario, un modelo bien ejecutado requiere una inversión significativa en condiciones pedagógicas, tecnológicas, acústicas y físicas.
“No se trata simplemente de conectarse a una pantalla, sino de un modelo que exige una programación rigurosa de condiciones pedagógicas y técnicas especiales. Sin este sustento, se caería en modelos teleasistidos que no ofrecen la misma calidad ni nivel de adhesión”, añadió.
Los expertos coinciden en que la implementación del enfoque de enseñanza híbrido requiere infraestructura tecnológica y plataformas, así como capacitación continúa en herramientas digitales y soporte técnico.
De hecho, el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) presentó una serie de 10 módulos orientados a la implementación de este tipo de modelos. La apuesta con ello no solo era la de garantizar la continuidad de los aprendizajes de manera masiva, sino de hacer del sistema educativo uno más resiliente, tanto en tiempos de crisis como para atender las necesidades de los alumnos.
El marco plantea módulos mínimos para implementar modelos híbridos efectivos, desde conectividad hasta sostenibilidad operativa, permitiendo que cada sistema educativo adapte la hoja de ruta según sus necesidades y capacidades.


La lógica del marco modular supone que cada país o sistema educativo pueda seleccionar y combinar aquellos módulos que mejor se adaptan a su contexto, elaborando su propia hoja de ruta para la educación. Estos van desde la conectividad hasta la sostenibilidad del modelo en el tiempo.
Si tomamos a Colombia como ejemplo, los retos que hay por delante aún son amplios. Así, aterrizar ese modelo en el contexto colombiano también implica reconocer que no todas las instituciones cuentan con las mismas capacidades para asumir las inversiones que exige la educación híbrida, especialmente al comparar la realidad de las instituciones públicas y privadas.
En ese contexto, Fernando López hizo énfasis en que los planteles privados suelen tener mayor acceso a tecnología avanzada, mejor infraestructura y formación docente, mientras que el sector público tiende a enfrentar una brecha digital profunda especialmente en zonas rurales y comunidades vulnerables, con carencia de infraestructura y alfabetización digital, lo que limita la autonomía estudiantil y afecta la equidad educativa.
“Esta situación revela que existen profundas desigualdades estructurales que requieren políticas públicas específicas para promover acceso equitativo a tecnología independientemente de la ubicación geográfica o nivel socioeconómico”, agregó.
Para completar ese cuadro, es necesario introducir otros dos factores de peso: los costos educativos y la conectividad.
Tomando como referencia las instituciones de educación superior, los datos más recientes del Índice de Costos de la Educación Superior (ICES), presentado por el DANE evidencian que durante el segundo semestre del 2025 los costos, tanto de las instituciones públicas como de las privadas, vienen registrando una tendencia al alza.
De acuerdo con la entidad estadística, la variación anual del ICES de los planteles públicos subió un 7,25 % respecto al mismo periodo del año anterior, mientras que en el caso de los privados el dato reportó un alza del 5,10 %.


En la variación semestral, las diferencias entre instituciones públicas y privadas fueron aún más marcadas. Las públicas registraron un ajuste del 5,36 % en los últimos seis meses del año, mientras que en las privadas fue del 0,41%.
Cabe resaltar que ese desequilibrio no solo se hace visible en la composición de gastos del sistema, sino también en otros factores como el acceso a internet.
El Boletín Trimestral de las TIC, presentado por esa cartera, muestra que al cierre de diciembre de 2025 el número aproximado de accesos fijos a Internet por cada 100 habitantes en el país se situó en 19. Si bien la cifra muestra una mejoría respecto a los meses anteriores, aún queda un largo trecho por recorrer. En especial, en términos de cobertura geográfica.
Las cifras del MinTIC evidencian que, al cierre del cuarto trimestre del año pasado, Bogotá lideró el indicador con 31 accesos fijos por cada 100 habitantes, seguida de Antioquia y Risaralda con 25; mientras que, en departamentos como La Guajira, Guainía y Chocó la cifra sigue por debajo de 10.
El panorama evidencia que la conectividad continúa concentrándose en determinados territorios, mientras otras regiones mantienen rezagos que dificultan la consolidación de modelos educativos híbridos.


Sin embargo, la discusión alrededor de la educación híbrida no se limita únicamente al acceso, la cobertura o la conectividad: a medida que este formato gana espacio dentro del sistema educativo, también surge una pregunta de fondo sobre la calidad de los procesos de aprendizaje y la capacidad de las instituciones para garantizar experiencias formativas efectivas en ambos entornos.
Según la Fundación Empresarios por la Educación (ExE), con base en los últimos datos del Observatorio de la Gestión Educativa, la matrícula en programas de educación superior en modalidad virtual ha venido aumentando en los últimos años.
El número de estudiantes matriculados en pregrado bajo este enfoque pasó de los 364.670 en 2016 a los 691.723 en 2024. Y en posgrado, el dato escaló de los 147.542 en 2016 a los 204.191 alumnos.
Sin embargo, el crecimiento de esta modalidad también ha abierto interrogantes sobre los resultados de aprendizaje. La ExE advirtió que, en programas universitarios, el puntaje global promedio sobre 300 puntos posibles descendió de 138 en 2016 a 135 en 2024. En programas técnicos y tecnológicos, la caída fue aún más pronunciada, pasando de 98 a 91 puntos en el mismo periodo.
De manera similar, López indicó que la evidencia disponible muestra que la educación híbrida puede acercarse a los resultados de la modalidad presencial y, al mismo tiempo, superar el desempeño observado en programas completamente virtuales.
“En el caso de las pruebas Saber Pro y TyT del ICFES, se observa que el desempeño promedio en las pruebas para programas enteramente presenciales supera al logro de programas híbridos y a su vez este supera al logro de programas virtuales”, añadió.
En ese sentido, los analistas hacen hincapié en la necesidad de revisar y fortalecer los lineamientos técnicos y de calidad de los modelos híbridos o virtuales.

“Un modelo híbrido impacta positivamente la calidad cuando no se limita a la exposición pasiva frente a una cámara, sino cuando integra lo mejor de la presencialidad, como el trabajo en equipo, la interacción humana y el networking con docentes, expertos de alto nivel y con los mismos compañeros de estudio”.
Andrés Ochoa, director de UPB Virtual de la Universidad Pontificia Bolivariana
Entonces, más allá de incorporar plataformas o trasladar contenidos a entornos digitales, el reto pasa por construir modelos capaces de responder a las distintas realidades del país sin sacrificar la calidad de la formación. Porque, al final, la discusión debe girar en torno a las condiciones bajo las cuales ese aprendizaje puede sostenerse en el tiempo y no solo en el momento.
Fuentes:
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