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The New York Times

Un año sin nuestros amigos del trabajo

/Bancolombia/Categoria Capital Inteligente/The New York Times Company19-03-2021

Tiempo de lectura: 7,5 minutos

Por Roxane Gay

Un año sin nuestros amigos del trabajo

Desde 2014, he viajado casi constantemente alrededor del país y, en ocasiones, por el mundo. Era muy emocionante. Tenía un trabajo como profesora de Escritura Creativa durante la mayor parte del tiempo, pero solo estaba en el campus uno o dos días a la semana y hacía el resto de mi trabajo de manera remota. Mi última oficina fue un cuarto desesperantemente sombrío que estaba sucio cuando me mudé a él. Había algunos libreros viejos y pandeados, un escritorio de la década de los sesenta y un archivero. Nunca encontré la silla adecuada.

No obstante, contaba con mi amigo del trabajo Brian Leung, un maravilloso escritor y una fantástica persona. Hablábamos sobre el programa en el que ambos dábamos clases y en el que él era el coordinador, sobre lo que escribíamos, sobre la política en el campus y los retos de vivir en la ciudad de Lafayette en el estado de Indiana (población: 72.000 habitantes) como una persona de color abiertamente gay. También conversábamos sobre cosas que no tenían ninguna relación con el trabajo: viajes, su jardín, un grandioso restaurante que había abierto recientemente y festivales de ciudades pequeñas con los que nos encontrábamos. Un buen amigo del trabajo puede ser una bendición y Brian ciertamente lo fue para mí.

Estar viajando era bastante solitario pero, con los años, la rutina de viajar se volvió familiar. He desarrollado sistemas y estrategias para lidiar con eso. Llegué a conocer a los empleados de las aerolíneas que trabajaban en el aeropuerto y las tripulaciones que volaban de Indianápolis a varios destinos. Siempre eran muy amables y teníamos algo en común (demasiado tiempo en aeropuertos) que nos hacía amigos, de alguna manera, que se veían unos a otros cada tres semanas y podían bromear al respecto. Era el tipo de conexión informal pero generosa con extraños que hemos perdido debido a la pandemia.

Trabajaba cuando podía, en aviones, en autos durante largos trayectos a eventos en locaciones remotas, en cuartos de hotel a altas horas de la noche, mientras veía películas de pago por evento. En marzo pasado, cuando los viajes se volvieron casi imposibles, mi vida laboral cambió. Todos mis eventos fueron cancelados. De repente, la mayoría de mis ingresos desaparecieron pero, aun así, tenía cosas por escribir y parte de ese trabajo es esta columna.

 

  •  Al principio, pensé que estaría escribiendo miles de palabras al día porque finalmente no tenía distracciones. Sin embargo, gastaba mi tiempo en ver las noticias y revisar las redes sociales. Esta no era una decisión inteligente porque las noticias eran abrumadoras. Me llenaron de ansiedad y comencé a tener ataques de pánico porque las cadenas de noticias por cable hicieron parecer la situación como que todos estábamos a una gotita de la muerte. Obtuve una receta para Ativan y, repentinamente, todo se volvió más manejable.

Una vez a la semana, mi esposa y yo salíamos de la casa, nos envolvíamos en equipo protector para ir a comprar víveres y encontrar papel higiénico y agua, ver el sol, respirar aire fresco. Mi esposa se convirtió en mi amiga del trabajo, la persona con la que bromeo de manera informal, la persona con la que almuerzo, la única persona con la que paso tiempo todo el día, todos los días. Donde otrora había todo tipo de personas alrededor, ahora solo había una.

Mi oficina en casa está muy bien equipada. Tengo una computadora de escritorio, una impresora y pizarras blancas que instalé con la idea ambiciosa de que las usaría para planear proyectos. Hay estantes que sostienen varias ediciones de mis libros, algunos de los cuales no puedo leer porque no hablo hebreo, farsi, turco o polaco. Hay estantes con libros de referencia, pruebas de galera y otros libros relacionados con varios proyectos. Tengo un estudio casero para grabar “Hear to Slay”, el pódcast que conduzco junto a Tressie McMillan Cottom.
        

  • La mayoría de mis amigos con trabajos más tradicionales también están laborando desde casa. Han creado espacios de oficina en sus hogares. Se divierten con sus mascotas, sus hijos y sus parejas. Cumplen con su trabajo, justo de la misma manera en que lo hacían con anterioridad. Además, pareciera que un número sorprendente de estos amigos no desean regresar a la oficina. Aquellos que no tienen hijos en edad escolar cuentan con el tiempo para encargarse del hogar mientras se encargan de un empleo. Pueden hornear, así como encargarse de pendientes y del jardín entre tareas del trabajo. No es necesario vestirse con el atuendo de trabajo. Los brasieres, los pantalones con botones, las corbatas, los tacones altos y el rostro completamente maquillado han sido abandonados. No hay más traslados al trabajo (todo ese tiempo en un auto, mientras se agarra firmemente el volante y se avanza lentamente). No ocurrirá de nuevo que uno intenta hacer el trabajo mientras es interrumpido cada diez minutos o tiene que escuchar al compañero hablar sin cesar.

No obstante, también mucho se ha perdido. A pesar de todas las fallas del lugar de trabajo, hay cierta camaradería que surge en la vida de una oficina. Una buena reunión puede ser energizante de una manera que es difícil de replicar a través de Zoom. No podemos dirigirnos a la oficina de nuestro amigo del trabajo favorito por algo de café y chisme cuando necesitamos un descanso. Todo es conversaciones por Slack, correos electrónicos, llamadas telefónicas y entonces, lo que sea que pasa en casa, sin ninguna distancia. El equilibrio entre las vidas laboral y personal ha implotado para mejor y para peor. En muchas de las cartas Amigo del Trabajo que recibo, puedo ver cómo esa implosión ha cambiado cómo las personas se sienten respecto a su trabajo.
        

  • Tener un trabajo no debería ser así de difícil. No debería hacer que las personas se sientan tan insatisfechas. Un trabajo horrible, un trabajo verdaderamente horrible, no es algo por lo que debamos estar agradecidos. Ha pasado un año desde que la pandemia comenzó. La vida ha cambiado drásticamente. Sin embargo, ahora existe una vacuna. Para el otoño, será más seguro volver a la normalidad.

No obstante, es momento de reconsiderar lo que la normalidad debe ser en nuestra vida laboral. Estoy lista para volver a viajar. Lo extraño. Sin embargo, no estoy lista para estar lejos de casa y de mi pequeña familia cuatro o cinco días a la semana, cada semana.

Yo sé cómo quiero que mi vida laboral luzca: escribir más, viajar menos, sortear menos obstáculos, asistir a menos reuniones que pudieron haber sido llamadas telefónicas. No estoy segura de cómo puedo hacer que suceda, pero soy afortunada al tener la flexibilidad de al menos poder intentarlo. Mucha gente no puede intentarlo, lo que significa que es tiempo para un cambio verdadero sobre cómo entendemos el trabajo y cómo podemos crear culturas en los lugares de trabajo que valoren a los empleados tanto como al trabajo. El año pasado dejó muchas lecciones. Espero, por el bien de cada persona en busca de un amigo del trabajo, que estemos aprendiendo.
        

  • Un espacio de trabajo en un escritorio en Nueva York, el 25 de febrero de 2021. (Margeaux Walter/The New York Times)

 

c.2020 Harvard Business School Publishing Corp. Distribuido por The New York Times Licensing Group

 

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