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The New York Times

Lo que es bueno para el océano también puede ser un buen negocio

/Bancolombia/Categoria Capital Inteligente/The New York Times Company25-06-2021

Tiempo de lectura: 7 minutos

Por Tatiana Schlossberg

Lo que debe saber de Running Tide y su ayuda a los oceanos

Marty Odlin, quien creció y vive en la costa de Maine, recuerda cómo era el océano antes. Sin embargo, ahora, comenta que “se ha vuelto un desierto tan solo en lo que llevo de vida”. En los últimos años, dijo, ha visto casi desaparecer muchas algas marinas y otras especies de la costa.

Odlin, de 39 años, pertenece a una familia de pescadores y es un apasionado de la historia del océano y la costa, factores que en conjunto han contribuido a su percepción del declive del océano, una pequeña parte de la desastrosa aniquilación de la vida marina en los últimos cientos de años.

Lo que debe saber de Running Tide y su ayuda a los oceanos

Con ayuda de sus conocimientos de ingeniería, Odlin decidió intentar revertir ese declive con su empresa, Running Tide, ubicada en Portland. Mediante una combinación de robótica, sensores y aprendizaje automático, está construyendo una operación de acuacultura que ahora vende ostras y después también almejas. Utiliza el mismo sistema para cultivar algas, con el objetivo de producir una cantidad suficiente para extraer el dióxido de carbono de la atmósfera y capturarlo de manera permanente para su absorción en el fondo del océano (esto se conoce como secuestro de carbono), lo cual le permitiría vender compensaciones de carbono.

La empresa también planea sembrar arrecifes de ostras y lechos de almejas a lo largo de la costa, y restaurar los bosques de algas y pastos marinos, para ayudar al ecosistema costero mediante la recuperación de la biodiversidad y la mejora de la calidad del agua, entre otros beneficios.

Los planes de Odlin son parte de varios esfuerzos de la “economía azul”, un término que se utiliza para denominar la actividad comercial en los océanos, mares y costas. Junto con otros está tratando de demostrar que la conservación del océano, la pesca sustentable y el secuestro de carbono pueden ser un buen negocio, en particular a medida que aumentan el transporte marítimo mundial, la acuacultura y el apetito por los mariscos silvestres en todo el mundo.

Odlin y su equipo construyen todo tipo de objetos, desde barcos, flotadores para ostras, sensores y mucho más, todo ello con una gran sensibilidad hacia su entorno. Miden la cantidad de alimento en el agua y la tasa de crecimiento de las distintas especies y envían esa información a una base de datos que utilizan para tomar todo tipo de decisiones: si hay que cambiar el alimento, reposicionar los flotadores de moluscos o hacer cambios mayores en las variedades que están cultivando. También aprovechan los conocimientos de los pescadores comerciales, pues hay una docena en su personal, lo cual es una gran ventaja, según Odlin.

La crisis climática exige innovaciones tecnológicas y “poner manos a la obra”, comentó.

Dan Watson, director ejecutivo y cofundador de SafetyNet Technologies, también reconoce los beneficios de trabajar de la mano de la industria y demostrar que es rentable.

Su empresa construye redes de pesca de alta tecnología para barcos de arrastre: las redes cuentan con luces LED que parpadean de acuerdo con varios patrones y niveles de brillo a fin de señalar las escotillas de escape de emergencia (agujeros del tamaño adecuado) para aquellas especies que los barcos de pesca no tienen la intención de capturar, lo que suele llamarse captura incidental.

Los estudios han demostrado que las luces LED pueden reducir de manera significativa la cantidad de especies no deseadas que acaban en las redes de pesca.

Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Pesca, cada año se tiran alrededor de 9,1 millones de toneladas, o alrededor del diez por ciento de todos los peces capturados, y casi la mitad proviene de las redes de arrastre.

En una época de sobrepesca y de cambios de hábitats a causa del cambio climático que desafían las normas internacionales, reducir la cantidad de peces u otros animales marinos que se capturan por error podría tener consecuencias importantes para la salud de diversas poblaciones, así como para la biodiversidad de los océanos en su conjunto, afirmó Watson.

“Cuando empecé con todo esto, era un estudiante y pensaba: ‘Esto va a salvar al mundo y todos deberían hacerlo’”, recordó.

“Tuve que orientarlo hacia: ‘Aquí está la propuesta de valor y capturar a los peces adecuados tiene fuertes beneficios financieros’”, añadió. “Podemos demostrarles a las tripulaciones cuánto pueden ahorrar en combustible y en multas regulatorias’”.

Otros también ven el valor de trabajar con grupos de la industria. Whale Safe es una iniciativa de la Universidad de California en Santa Bárbara (UCSB, por su sigla en inglés) que busca ayudar a los grandes barcos a evitar chocar con las ballenas cuando pasan por los puertos de Los Ángeles. El programa surgió, en parte, como respuesta a la petición de ayuda por parte de las compañías navieras, según Douglas McCauley, profesor de ciencias oceánicas en la UCSB.

Las colisiones con barcos, como se conocen, están entre las principales causas de muerte de las ballenas, y 2018 y 2019 fueron los peores años registrados en cuanto a colisiones en la costa oeste, pues un total de 27 provocaron 22 muertes, según la Oficina Nacional de Administración Oceánica y Atmosférica. Los científicos calculan que la cantidad real de muertes de ballenas a causa de los barcos podría ser mucho mayor (hasta 80 al año en la costa oeste, según un estudio) porque no todos los cadáveres son descubiertos.

McCauley ayudó a reunir a los tecnólogos oceánicos que trabajan en la UCSB para construir un sistema de detección de ballenas casi en tiempo real en el Canal de Santa Bárbara, combinando tres entradas de información: un algoritmo de inteligencia artificial que analiza los sonidos de las ballenas, las clasifica por especie y envía los datos para su revisión; un sistema de detección remoto que pronostica la presencia de ballenas; y los conocimientos de la gente, para lo cual observadores de ballenas entrenados registran las ballenas que avistan en una aplicación móvil.

“No sirve de nada si solo puedes decir: ‘En el sur de California se pronostica nubosidad con posibilidad de ballenas azules’”, y este modelo pronostica a una escala mucho más fina, explicó McCauley.

El sistema envía la información a los barcos con una rúbrica simplificada de baja, media, alta y muy alta, para que puedan reducir la velocidad si hay ballenas cerca, lo que a su vez puede disminuir de forma significativa la cantidad de colisiones con barcos. Whale Safe solo proporciona datos sobre esta franja específica de la costa californiana, pero McCauley comentó que tenían previsto extenderse a San Francisco y tal vez a otros lugares de Norteamérica.

Cuando los barcos reducen su velocidad, utilizan menos combustible, lo que se traduce en menos emisiones de gases de efecto invernadero y otros contaminantes; la industria naviera mundial representa casi el tres por ciento de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero.
        

  • Cualquiera de estos proyectos requiere un enfoque más práctico para salvar el océano y una mezcla más deliberada de esfuerzos empresariales y de conservación, a lo lago de la historia se han contrapuesto, manifestó Odlin, el fundador de Running Tide.

“Nuestra participación para resolver el problema que estamos viendo debe ser más activa. ¿Y eso cómo se hace? El imperativo moral es que hay que construir algo a la escala del problema”, sentenció.

De lo contrario, “las generaciones futuras no van a perdonarnos”, aseveró.

“Todavía estamos en posibilidades de hacerlo, por eso trabajo tanto como puedo”, concluyó.
        

  • Marty Odlin, fundador y director ejecutivo de Running Tide. (Running Tide vía The New York Times).

 

c.2020 Harvard Business School Publishing Corp. Distribuido por The New York Times Licensing Group

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