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El éxito a paso lento de un bonachón hollywoodense

Especiales16-03-2022

Tiempo de lectura: 12 minutos

Por Maureen Dowd
c.2019 New York Times News Service

Honorable, decente y humilde: así es Bob Iger, CEO de Disney

“¿Por qué está cayendo la bolsa de valores?”, susurra para sí mismo, sentado en el asiento trasero de un BMW que lo transporta por Disneyland durante la convención de superfanáticos del mes pasado, donde está promoviendo el nuevo servicio de emisión en continuo Disney+.

Sé que tengo que darle la mala noticia.

“A partir de este momento, se le ordena comenzar a buscar alternativas para China, incluyendo traer sus empresas de vuelta al territorio nacional y fabricar sus productos en Estados Unidos”, le digo.

Me ve con expresión confundida. Después de todo, estoy aquí para entrevistarlo sobre su nuevo libro de memorias, “The Ride of a Lifetime”, en el que escribe con orgullo sobre los 40 viajes que hizo a Shanghái en 18 años para cerrar las negociaciones laberínticas con el fin de inaugurar Shanghai Disneyland, valuado en 6000 millones de dólares, que es once veces más grande que el parque temático que estamos recorriendo ahora mismo.

Estamos a punto de ir a la atracción de Star Wars en Disneyland y pilotear el juego del Halcón Milenario, que se construyó, en parte, en China. Muchos de los disfraces que se venden en las tiendas de regalos del parque se fabrican en China.

“El presidente Trump acaba de tuitear que ‘a partir de este momento, se les ordena a nuestras grandiosas empresas estadounidenses’ retirarse de China”, le explico, leyendo el texto en mi teléfono. El rostro del director ejecutivo de Disney se ensombrece en “el Lugar Más Feliz del Mundo” y puedo ver que quiere decir que el presidente provoca caídas en el mercado de valores con su guerra comercial volátil contra China y sus órdenes disparatadas a los directores ejecutivos.

Pero se abstiene. El hombre que logró que la empresa del famoso ratón animado devorara una parte tan grande de Hollywood se ve más que sereno, ataviado con un traje azul marino de Tom Ford, una camisa blanca del mismo diseñador, calzado negro de John Lobb y un Rolex Daytona.

Como me dijo un alto ejecutivo de Hollywood, lo más importante que tienes que saber es esto: “Nadie esperaba que Bob Iger se convirtiera en Bob Iger”.

Fue un ascenso largo y desagradable en el que pasó de ser un niño pequeño de Long Island que veía “The Mickey Mouse Club” y estaba enamorado de Annette Funicello, a trabajar en un edificio coronado por los siete enanos de Blanca Nieves y romper un récord en Hollywood este año con el estreno de cinco películas de 1000 millones de dólares producidas por Disney.

“Escucha, ¿dónde más es posible que un chico de clase media baja con un nivel modesto de educación y ninguna habilidad sobrehumana se convierta en mí cuando crezca?”, pregunta Iger, con un tono que revela algo de asombro por su propia trayectoria.

Tras reconocer a tiempo la amenaza que planteaba la tecnología y realizar tres adquisiciones que revolucionaron el panorama mediático (Pixar, Marvel y Lucasfilm) Iger se la jugó a los 68 años, al borde de su jubilación, y venció a Comcast con una oferta de 71.300 millones de dólares por un pedazo de 21st Century Fox. Ahora es, en las palabras irónicas de un alto productor de Disney, “el Rey Dios”.

En una industria en la que todos siempre se despedazan entre sí, Iger flota por encima de todo, consentido en lo que algunos llaman “un culto de amabilidad”. Aunque domina la mayor parte de la taquilla, está protegido de las envidias porque la gente que normalmente sentiría celos de él está feliz de que alguien haya logrado atacar al inatacable Netflix y rescatar el espíritu del antiguo Hollywood de la invasión de los acaudalados gigantes tecnológicos.

“Nunca he escuchado a una sola persona decir algo malo sobre él, literalmente, y jamás he visto que él sea malo con nadie”, dijo maravillado David Geffen. “Ser un tipo honorable, decente, inteligente, exitoso y genial es poco común en cualquier lugar. Pero es todavía más inusual en la industria del entretenimiento. Él es único en su clase”.

Iger tiene un aire naturalmente elegante. Es el tipo de persona que se da el tiempo de hablar con los padres del ciudadano común en las fiestas y posa gentilmente con admiradores en el parque. Parece relajado al convivir con el personal cuando pasamos a beber unos cocteles con nombres como el Truco Mental Jedi en el bar de Star Wars.

El éxito a paso lento de un bonachón hollywoodense.

Sin embargo, su libro deja claro cuánto esfuerzo le costó construir esta elegancia espontánea. Desde que cursaba el octavo grado, ya trabajaba en una ferretería como acomodador de mercancía. A los 15 años, trabajó como conserje en su distrito escolar. “Quitar chicles pegados debajo de mil escritorios ayuda a fortalecer tu carácter o al menos a tolerar más la monotonía”, escribe.

En la universidad, Ithaca College, ganaba dinero preparando pizzas todas las noches en Pizza Hut. Tras graduarse, se convirtió en reportero del clima en Ithaca y dio muchas malas noticias sobre el tiempo gris de la región.

Renunció a su sueño de ser el siguiente Walter Cronkite y se mudó a la ciudad de Nueva York para empezar desde abajo en ABC: 150 dólares a la semana por hacer trabajos no especializados en programas de concursos, telenovelas y noticiarios. Sus amigos dicen que, durante mucho tiempo, fue menospreciado y tratado como poco más que un recadero, incluso cuando trabajaba directamente para Michael Eisner en Disney.

En “The Ride of a Lifetime”, Iger relata que cuando empezó a trabajar en ABC, en 1974, el presentador Harry Reasoner lo mandó a preguntarles a los productores del noticiario vespertino si debía corregir algo de su intervención o si podía degustar un segundo martini Beefeater doble seco en las rocas con limón en Hotel des Artistes.

“Me armé de valor, entré a la sala de controles y dije: ‘Harry me envió a preguntarles cómo lo ven’”, escribe Iger. “El productor me vio con absoluto desdén. Luego, se bajó la cremallera del pantalón, sacó su pene y respondió: ‘No lo sé. ¿Cómo lo ves tú?’. Han pasado 45 años desde ese momento y aún me enfurece recordarlo”.

Iger solo siguió adelante, tal como lo hizo después de muchos desprecios y heridas, incluida la desastrosa decisión de Eisner de nombrar al superagente Michael Ovitz como su segundo al mando. Aún después de que Ovitz fue despedido con un paracaídas de oro de 140 millones de dólares por su fracaso, Iger batalló sobremanera para convencer a la junta directiva de que él debía ser el sucesor de Eisner.

“Un problema era que me asociaban con él, pensaban que estábamos cortados de la misma tela”, relata Iger. “Y otro era que, al menos desde la perspectiva de la junta directiva —ahí sí tuve que subyugar mi ego—, la empresa era de él y yo era como un ciudadano de segunda clase”.

Le recuerdo a Iger que yo hice la cobertura de la reunión de accionistas de Disney en 1997 en la que Ovitz recibió su obscena indemnización por despido y mencioné en la columna que, entre otros defectos, los calcetines de Eisner eran demasiado cortos.

“A Michael no le importaba para nada la ropa”, afirma Iger con una sonrisa. “Tenía buen gusto para otras cosas, pero no para la moda ni la comida ni el vino”.

 

Soltando el ego

En su libro, Iger cuenta la historia de cuando fue a desayunar con Jeffrey Katzenberg cerca de los estudios de Disney en Burbank, California, en la época en que enfrentaba titulares como el siguiente del Orlando Sentinel: “El heredero de Eisner está lejos de definirse”.

“Tienes que marcharte”, le dijo Katzenberg. “No te van a dar el puesto. Tu reputación está manchada”. Según Katzenberg, estaba demasiado ligado a los desastres de Eisner, incluida una batalla titánica con Roy E. Disney, el sobrino de Walt. “Deberías ir a hacer algo de voluntariado para rehabilitar tu imagen”.

Sin embargo, resultó que Iger tenía una voluntad de acero debajo de ese exterior caballeroso. Desde que era más joven, empezó a levantarse a las cuatro de la mañana para hacer más trabajo que todos los demás, y lo sigue haciendo. Prepara su ropa de ejercicio desde la noche anterior, para no tener que encender las luces de su armario y así despertar a su esposa, Willow Bay, exmodelo de Estée Lauder y locutora que ahora es la decana de la Escuela de Comunicación y Periodismo Annenberg de la Universidad del Sur de California. Deja una taza de café para Bay y calienta un poco de leche para ella antes de abordar la escaladora vertical VersaClimber.

“Jamás me consideré excepcional”, dice Iger mientras come salmón y bebe vino tinto en el restaurante Napa Rose de Disneyland. “Por lo tanto, siempre que conseguía un trabajo, me valía más que nada del trabajo arduo y de un nivel de entusiasmo y optimismo. Cuando empecé a trabajar en ABC Sports, todos ahí eran egresados de Stanford, Dartmouth o Columbia”.

“Yo venía de Ithaca College, ¿sabes? No tenía un complejo de inferioridad, pero sabía que no era uno de ellos. No usaba zapatos Gucci ni trajes de Brooks Brothers. No podía costear nada de eso, pero sabía que mi ética laboral era prodigiosa. Y lo que comenzó a suceder desde el inicio es que las personas empezaron a confiar en mí porque sabían que si me pedían que hiciera algo, incluso Roone Arledge“ —aquel productor de ABC—, ”lo iba a hacer”.

“Entonces, de pronto me di cuenta de que quizá no era especial en ciertos aspectos, pero cuando se trataba de hacer un buen trabajo, sí era especial. Y eso es lo que me ha impulsado todo este tiempo, ¿sabes?”.

Iger es tímido con respecto a sus memorias, pues confiesa que las siente “un poco como una caricia al ego”. Cuando comenzó a escribirlas, pensó que su mandato en Disney ya habría terminado para cuando estas se publicaran. Pero luego lo llamó Rupert Murdoch y esos planes se fueron por la borda.

De hecho, el libro de Iger es un manual básico de cuán lejos puedes llegar si controlas tu ego. En una era de liderazgo tosco e impulsado por el ego en la Casa Blanca, Silicon Valley y en muchos países de todo el mundo, Iger no lidera desde el ego ni trata de expulsar a los otros machos alfa de la manada.

 

Comillas

“Debes ser capaz de subyugar tu propio ego”, afirma. “Resulta muy útil cuando estás avanzando y luego, incluso cuando ya estés posicionado, habrá momentos en los que simplemente tienes que dejar eso de lado”.

Bob Iger, CEO de The Walt Disney Company (entre 2005 y 2020)
 

En el libro, cuenta las historias de sus cuatro acuerdos magnos: cómo cautivó a Steve Jobs, después de que tuvo una separación amarga de Disney en la era de Eisner, y compró Pixar para salvar al estudio de animación de Disney; cómo atrajo (a veces con ayuda de Bay) a un Ike Perlmutter precavido y huraño para conseguir Marvel, y cómo persuadió a George Lucas para que le vendiera el universo de Star Wars a un precio menor del que pagó por Pixar.

“Rupert enloqueció cuando compramos Lucasfilm”, dice Iger, con orgullo apocado. “Ellos distribuían todas las películas de George y él se sintió muy decepcionado con su gente. ‘¿Por qué a ustedes no se les ocurrió esto?’”.

Todos estos acuerdos fueron apuntalados por el toque personal de Iger (la periodista especializada en tecnología Kara Swisher lo bautizó el Príncipe de Cachemir). A menudo se dio a la tarea de convencer a estos hombres por sí solo e intentó ser sensible ante lo que podría significar para ellos ver a Disney absorber las empresas que ellos habían construido desde cero.

 

El lugar más desagradable del mundo

Le pregunto cómo afectaron los hijos de Murdoch, Lachlan y James, el acuerdo de Fox. ¿Fue como un episodio de la serie “Succession”? Según informaron Jim Rutenberg y Jonathan Mahler en The New York Times Magazine, Lachlan se puso furioso al respecto, pues veía cómo achicaba su futuro, y James se mostró a favor, quizá creyendo que podría quedarse con algún puesto de alto nivel en Disney.

Iger dice que no quiere “indagar en los detalles tipo drama shakesperiano” de todo el asunto, pero agrega con cautela: “Si lo que quieres saber es si la relación con los hijos, la relación entre los hijos y su posible futuro en la empresa alguna vez fueron parte de la negociación, la respuesta es sí. Pero jamás llegó a interferir con lo que nosotros queríamos hacer y lo que Rupert quería hacer”.

Afirma que se llevó bien con James, aunque su perfil no fue idóneo para Disney, y que fue de mucha ayuda durante la transición.

Cuando Iger reprendió los activos de Fox frente a Wall Street, señalando que Fox estaba en peores condiciones de lo que él creía, ¿acaso quiso decir que Rupert Murdoch se había aprovechado de él?

“No fue una reprimenda”, dice Iger. “Fue un reconocimiento de que las películas que habían producido habían fracasado. Y, de hecho, les concedí una tremenda justificación al decir que cuando las empresas son adquiridas, los procesos y la toma de decisiones pueden estancarse”.

 

 

Comillas

“Había problemas en ese estudio desde antes de que se anunciara el acuerdo. Pero la razón por la que consideré que no debíamos preocuparnos por eso es que es un problema a corto plazo. Y con el talento que tenemos en nuestro estudio, que ahora supervisa junto con algunos de sus ejecutivos todas las películas que deciden producir y cómo lo hacen, estoy seguro de que las cosas pueden cambiar. No sucederá de la noche a la mañana, pero no serán 10 años de valor perdido. Es un año y medio”.

Bob Iger, CEO de The Walt Disney Company (entre 2005 y 2020)
 

Afirma que su severa evaluación no pretendía sentar las bases para condonar el precio de adquisición de Fox.

“De verdad es demasiado pronto para tener que hacer eso”, dice. “No sabemos de nada que pueda orillarnos a hacer eso”.

Su crítica franca no afectó su relación con el patriarca de la familia Murdoch; dice que sigue visitando la cava en Bel-Air y que tiene una “buena relación” con Murdoch.

¿Y qué hay de aquel momento en el que el Lugar Más Feliz del Mundo consideró anexar al Lugar Más Desagradable del Mundo? Iger escribe en su libro sobre cómo anuló en el último minuto un acuerdo para comprar Twitter, pues creía que podría ayudar a modernizar la distribución de Disney. Pero intuyó que no era lo correcto y llamó a un impactado Jack Dorsey para darle la noticia.

“Implicaba más problemas de los quería asumir, me pareció que sería irresponsable de nuestra parte asumir esos problemas”, me dice. “Eran problemas con la marca de Disney, el impacto de la tecnología en la sociedad. El nivel de inmundicia es extraordinario. Me gusta ver mi cuenta de Twitter porque quiero seguir 15 o 20 temas. Luego volteas y ves tus notificaciones y de inmediato piensas: ‘¿Por qué estoy haciendo esto? ¿Por qué tolero este dolor?’. Es decir, muchas de estas plataformas tienen la capacidad de hacer mucho bien en nuestro mundo. También tienen la capacidad de hacer mucho daño. No quería asumir esa responsabilidad”.

Entonces menciono que, si bien Disney ha roto esquemas con películas como “Capitana Marvel” y “Pantera Negra”, todos los altos ejecutivos en los cuatro cuadrantes de la empresa (televisión, cine, parques y productos de consumo, además del servicio de emisión en continuo y la división internacional) son hombres blancos.

“Tienes que ver el nivel que les sigue, porque hemos logrado muchos avances”, afirma Iger. Admite que es una decepción que los ejecutivos que están directamente debajo de su puesto “no tengan suficiente” diversidad y dijo en tono de promesa: “Cambiaré eso antes de irme”.

Me pregunto en voz alta si alguna vez habrá una directora detrás de una película de Star Wars. A lo que él responde que Kathleen Kennedy, la presidenta de Lucasfilm, está “esforzándose mucho” para lograr que eso suceda.

Ver a Jobs, bien conocido por ser volátil con sus empleados, y el proceso de envejecer le han enseñado a tener cuidado con el nivel de exigencia que ejerce en las personas que trabajan para él. “Me enojo”, dice. “También, conforme he madurado, he intentado aprender sobre lo que realmente importa en el mundo, ¿sabes? Por desgracia, a medida que envejeces, pierdes personas y te preguntas por qué te enojaste con ellas por algo tan insignificante”.

“Es bien sabido que soy muy organizado y prolijo. Hubo una época en la que, si entraba a la cocina y Willow había estado ahí y dejó un cajón abierto, eso me ponía furioso. Suena a broma, ¿no? ¿Por qué me enojaría por algo así? Se trata de hacer una pausa y pensar: ‘¿Esto de verdad es importante?’”.

Su ecuanimidad sin duda fue puesta a prueba por la lucha de Abigail Disney, nieta de Roy O. Disney, el hermano de Walt. Ella ha sido una crítica frecuente, denunciando la cultura de Disney y el sueldo de Iger en entrevistas e hilos de Twitter, usando su eminente apellido, aunque no tenga vínculos con la empresa.

“Me cae bien Bob Iger”, escribió en Twitter, y ha dirigido la empresa “espléndidamente”, pero arguyó que su salario, de 65,6 millones de dólares, era “una locura” y que los trabajadores de Disney debían percibir un sueldo más alto.

“Nos estamos esforzando mucho para encontrar soluciones a los desafíos y los problemas que enfrentan nuestros empleados hoy en día”, declara. “Idearemos decenas de soluciones para ayudar a mejorar sus vidas y, si no funcionan, encontraremos otras decenas más. Tenemos que hacer un mejor trabajo”.


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* Bob Iger, director ejecutivo de The Walt Disney Co., en Burbank, California, el 21 de agosto de 2019. (Ryan Pfluger/The New York Times)
* Distribuido por The New York Times Licensing Group

 

Distribuido por The New York Times Licensing Group

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