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Acuatrucha:
cuando la piscicultura y la sostenibilidad van de la mano

La empresa familiar en la Laguna de Tota, Boyacá, es la prueba reina de que las buenas prácticas, el trabajo fuerte y la disciplina son suficientes para hacer del negocio del cultivo y comercialización de trucha arcoíris una industria sostenible y rentable para Colombia.


A 34 kilómetros al sur de Sogamoso, Boyacá, en medio de una colcha de verdes infinitos, donde el aire frío, casi helado, corre con libertad llevando consigo el sonido de cientos de pájaros, se encuentra la Laguna de Tota, la más grande de Colombia, y la que, entre pesca, agricultura y turismo, alimenta a los 22.000 habitantes de los municipios de Aquitania, Tota y Cuítiva.

Uno de los recursos que ofrece el lago es la piscicultura, un oficio que conoció de joven Emiro Bernal, nacido en Aquitania y diestro en la pesca artesanal, quien viendo el mercado que existía para la trucha arcoíris, inició en 1998, un negocio en el que compraba alevinos y ovas (huevos y crías de peces recién nacidos) a un tercero, para dedicarse al engorde en jaulas flotantes y a la venta de trucha entera.

En un principio fueron 10.000 alevinos, no más de cinco operarios, dos celadores y un mercado pequeño. Pero, poco a poco, sus truchas, ahora en corte mariposa y empaque al vacío, se empezaron a comercializar en Paipa, en Duitama, en Tunja y en Cota.

Para 2009 las exigencias del Invima y los nuevos mercados que se abrían en Bucaramanga y Bogotá, lo llevaron a requerir una planta de proceso. Fue entonces cuando acudió por primera vez a Bancolombia, la entidad que le facilitó la financiación para la construcción de la infraestructura y varios leasings para la compra de equipos especiales para su funcionamiento.

Aquel impulso del banco fue definitivo para la historia de Acuatrucha, la empresa de Emiro y su esposa, Ninfa Cardozo, en la que, desde niños, están metidos también sus hijos, Emiro y Julieth. Lograron la certificación de exportación para la planta de producción,

lo que les ha permitido llevar su producto a Miami y Europa; mejoraron las jaulas flotantes y ampliaron la mano de obra: de los 20 empleados que tenían en ese entonces pasaron a 25 en la planta, 10 en el área administrativa, entre 40 y 50 madres cabeza de hogar que diariamente llegan para cumplir sus turnos y cerca de 20 personas que prestan servicios de transporte o alimentación, entre otros.

Para 2014, gracias a un proyecto de Corpoboyacá que busca mitigar el impacto ambiental de tener truchas bajo el agua, Emiro habló nuevamente con Bancolombia para que lo financiara en la implementación de recolectores de heces y desechos alimenticios. Con esta infraestructura Corpoboyacá le prorrogó a Acuatrucha los permisos ambientales para 120 jaulas en la laguna, lo que actualmente le permite producir entre 60 y 70 toneladas mensuales de trucha arcoíris.

Debido a la utilización del recurso hídrico, la empresa se ha volcado a un trabajo fuerte en pro del medioambiente. Compensa la huella de carbono con la donación de un predio en el páramo, rico en afluentes que llegan al lago de Tota; las jaulas que utiliza son fabricadas con plásticos reciclados; las vísceras y subproductos de la trucha no se botan ni se entierran, se procesan para producir aceite de pescado que luego es utilizado como alimento de mascotas; además realiza compostaje para usar como abono y al agua le da un segundo uso para el riego de pastos.

Constancia, berraquera y la visión del proyecto que tuvieron sus padres fue la receta que, Emiro (hijo) asegura los llevó al éxito. Habría que adicionar la capacidad para salir adelante ante las adversidades, como cuando las bajas de oxígeno mataron varias toneladas de trucha durante una mala noche. También el hecho de que, en una región con vocación pesquera y agrícola, el empleo estaba monopolizado por los hombres y Acuatrucha abrió oportunidades para la fuerza laboral femenina, promoviendo así el desarrollo de la comunidad. Y, finalmente, habría que destacar que la empresa demostró que la piscicultura y la sostenibilidad son compatibles; siempre y cuando el trabajo, como en el caso de la familia Bernal, se haga desde el corazón.

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